El viaje de un “prisionero de paso”: Sobre los centros de detención de inmigrantes en Reino Unido

(Una versión más corta de este artículo se ha publicado en el Periódico Diagonal)

6/12/2016
Cientos de viajeros irregulares y solicitantes de asilo esperan a que su petición sea procesada o bien a la deportación dentro de los detention centres, el equivalente británico de los CIE. En su interior viven en situaciones similares a las carcelarias y sufren la incertidumbre de esperar sin fecha: Inglaterra es el único país que puede encerrar a un inmigrante indefinidamente por un “delito burocrático”.

Lo bueno de las personas es que siempre, sin excepción, han vivido un viaje que los demás desconocemos, que pueden contarnos. Son viajes más o menos felices, a veces aventureros, otras veces terribles; todos ellos abren al oyente puertas nuevas y antes desconocidas. Sin el relato de esos viajes no se puede llegar a conocer en su totalidad a la otra persona, sus acciones o sus creencias. Un ejemplo es Shan (nombre falso), al que conocí hace tres años, que llegó a Inglaterra hace seis. Entonces él tenía diecinueve y jamás había salido de su ciudad, como el resto de su familia. Una tarde, frente a dos tazas de té, me contó su viaje.
Era un viaje que llevaba mucho tiempo preparando; fue su hermano mayor quien le presionó, a los dieciocho, para que emigrara. “Yo no tenía edad suficiente como para pensar en mi futuro”, reconoce. Lo primero que se necesita para volar en un mundo de fronteras es un visado, y los pasos para conseguirlo no fueron pocos. Aprobó el AILS de inglés (un idioma que se da desde el colegio en Pakistán) y escribió a una universidad de una ciudad británica que aún sólo imaginaba. En la embajada tomaron sus huellas dactilares y su fotografía; más tarde, abrió su primera cuenta en el banco y en ella metió la herencia de su padre, ya fallecido. Después de obtener la admisión en la universidad británica necesitas mostrar una cuenta bancaria con 20.000 libras, explica: uno de los muchos requisitos para inmigrar a Europa que demuestre que el ciudadano podrá mantenerse a sí mismo sin necesidad de ayudas. No es tan fácil, y por supuesto despierta la picaresca: hay gente que pide prestado el dinero, muestra la cuenta y luego lo devuelve, explica él.
“En mi pueblo todos tenían la misma mentalidad”, recuerda. En aquel lugar donde trabajando de sol a sol no se ganaba ni lo que costaba la cesta de la compra se hablaba de Europa como de la tierra prometida. Existían leyendas en las cuales uno llegaba a Inglaterra, donde los salarios eran mucho mejores, y empezaba a trabajar duro, a ganar dinero, quizá montaba algún negocio, se casaba, compraba un coche bueno… y conseguía, en definitiva, un “mejor nivel de vida” que el que podía ofrecerle su país. Desde aquel país idílico cuya moneda apenas él conocía aún, donde todo eran facilidades y buenos trabajos, le llamaron un día por teléfono para decirle que lo había conseguido: tenía visado durante un año. Y, de pronto, su casa se llenó de fiesta, de regalos, de enhorabuenas. “Es un chico afortunado, tendrá muy buena vida”, decían de él.
Desde ese momento, Shan y su familia tuvieron que pagar mucho dinero. Pagaron 5.500 libras a la universidad, casi 500 a la embajada británica en concepto de la tarifa del visado, 500 en un billete de avión. “Fue un gran esfuerzo; mi familia era muy pobre”, dice. Ésta le dio, además, 700 libras con aún más esfuerzo. Los días antes de partir, apenas durmió.
La familia entera fue junta en un taxi alquilado al aeropuerto. Llegaron tres horas antes. Llevaba varias capas de ropa porque se rumoreaba que las temperaturas en Inglaterra estaban a varios grados bajo cero. Su hermana le había cosido dinero dentro de un bolsillo falso. Era un vuelo de siete horas. Siete horas después, Shan era un paquistaní más en Reino Unido.

Inglaterra tiene leyes migratorias muy estrictas dependiendo de qué país proceda el visitante. Tener un visado es requisito esencial para todos los ciudadanos no europeos que quieran cruzar sus fronteras, independientemente de si sus deseos son los de visitar el país o los de residirlo. La lista de los países de donde vienen los llamados “Visa Nationals” es larga. Dichos visados tienen seis meses de duración y es el ministro de interior británico (la Home Office) quien juega a la potestad de darlos o denegarlos.
Si la llegada no es fácil para según qué ciudadanos, tampoco lo es permanecer. Como Shan, muchos optan por venir con visado de estudiante. Ese documento permite residir unos años realizado unos estudios que cuestan el doble que a un europeo, y trabajar solamente 20 horas a la semana por ley –un número de horas que muchos triplican gracias a la magia del pago en negro-. Las autoridades persiguen el fenómeno de los “estudiantes fraudulentos”: gran número de trabajadores que llegan con propósito de estudio pero con menos ánimo de pisar la universidad que de trabajar y enviar parte del dinero a sus lejanos seres queridos. Cuando el plazo del visado se acaba, muchos luchan por no marcharse. Entre las opciones más populares para la residencia perpetua está la de unirse en un amor ficticio con alguna europea para contagiarse, aunque sólo sea legalmente, de su “europeidad”: se cree que sólo en Londres se dan al menos 10.000 matrimonios de conveniencia al año. Por todo esto, las redadas contra la inmigración y el trabajo “ilegales” y contra los matrimonios falsos se están haciendo más duras cuanto más comunes son estos fenómenos.

La retención de solicitantes de asilo durante el proceso va contra los derechos humanos dado que podrían ser supervivientes de tortura u otros tratos inhumanos y jamás deberían ser puestos bajo detención”.

Pero incluso aunque la persona venga huyendo de peligros reales, sigue siendo difícil que los brazos británicos la acojan. En Inglaterra, según las leyes para solicitar refugio, el asylum-seeker llega a la frontera sabiendo inglés o no, con pasaporte o no, y debe demostrar que el hecho de no prestarle asilo contravendría la Convención de Ginebra y pondría su vida en peligro. Pero a veces pedir refugio no es tan fácil. Desde el grupo Brighton Migrant Solidarity, me explican que “es extremadamente difícil ser aceptado como refugiado en este país porque la Home Office requiere pruebas de que el individuo ha sido perseguido en su país de origen. A la mayoría de la gente no se le concede el asilo porque no es creíble, aunque no se tiene en cuenta que para mucha de esta gente no es posible aportar pruebas porque están huyendo de guerras, dictaduras y no han podido llevarse consigo nada antes de abandonar el país”. “La Home Office ignora constantemente informes que los expertos hacen sobre la situación de los países de origen”, añaden. “Por ejemplo, asegura que Kabul es un lugar seguro donde ciudadanos de todo Afganistán pueden ser deportados. Las cartas de rechazo de asilo muestran una enorme ignorancia sobre la situación y la cultura de los países de origen”. Además, explican, hay algo llamado “fast track” por el cual los solicitantes de asilo son retenidos durante todo el proceso de obtención del asilo (que debería ser corto, pero que no lo es). “Esto va contra los derechos humanos dado que estos solicitantes de asilo podrían ser supervivientes de tortura u otros tratos inhumanos y jamás deberían ser puestos bajo detención”, declaran.

Nada más aterrizar en Heathrow el 30 de diciembre, a Shan le recibieron sin abrazos y entregándole un formulario de inmigraciones (o landing card) a rellenar: nombre, email, destino, ocupación, cuánto tiempo iba a quedarse… etc. Este documento facilita a los oficiales toda la información acerca de las intenciones del visitante. Para Shan, “los estudios eran una excusa para venir a trabajar y a ganar dinero”, de modo que fue honesto y escribió los dos propósitos de su viaje: estudiar y trabajar. Y aquel impulso de sinceridad fue un error. La funcionaria de inmigración del aeropuerto, una japonesa muy delgada, después de leerlo, empezó a hacerle preguntas.
“¿De modo que quieres trabajar aquí?”. “¿Mientras estudias?” “¿Cuántos días a la semana?” “¿Cuántas horas al día?” "No lo sé... ¿quizá siete días?", contestó. Él no conocía las normas de su visado de estudiante, y no sabía que había un máximo de días para trabajar, y aquella ingenuidad había sido imperdonable. “Me sucedió porque no tenía la suficiente información, y porque fui honesto”, reconoce Shan ahora.
Procedieron con el clásico interrogatorio: le hicieron mostrarles que tenía dinero con el que mantenerse, le preguntaron todo acerca de dónde se iba a alojar y la persona que iba a buscarle al aeropuerto y le pidieron su contacto para que verificara la historia. Le revisaron el equipaje, le retuvieron el pasaporte y le dijeron, siéntate y espera.
Lo hizo hasta que todo el mundo se había marchado y el aeropuerto estaba casi vacío. Los oficiales regresaron y continuaron con un interrogatorio intensivo hasta las cuatro de la mañana. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a trabajar? ¿Qué más vas a hacer? Mientras, un oficial vigilaba. Shan preguntó que cuánto iba a durar aquello, y la oficial se enfadó. 
-¿Por qué no me dejan ir? –preguntó Shan.
-Porque la oficial de inmigración no está contenta contigo –respondieron. Él empezó a asustarse.

Le llevaron a una habitación con cámaras y un retrete. Eran ya las 4 de la mañana. Rechazó un intérprete y volvieron las preguntas: a qué universidad iba, cuánto dinero tenía, si iba a trabajar o no, cuántos días… Finalmente le explicaron que sólo podía trabajar 20 horas. “¡No lo sabía!”, contestó. 
 En cierto momento le propusieron regresar a su país. Él, ya asustado, les explicó que era imposible, que le había costado mucho dinero llegar hasta allí, que su madre había tenido que vender sus propiedades… Por fin el interrogatorio acabó, pero de la peor manera: le explicaron que tenía una semana para solicitar la estancia y, de lo contrario, sería deportado. Era el día de año nuevo cuando le trasladaron a un centro de detención vecino al aeropuerto de Heathrow.

Según el Ministerio de Interior británico, hay entre 210 y 260 prisioneros que llevan más de un año esperando en estos centros

Una amiga que trabajaba con refugiados conoció una vez a un hombre que, en diferentes momentos de su vida, había estado en una prisión y en un centro de detención de inmigrantes. Le describió la diferencia entre ambos lugares de esta manera: “En la prisión sabes cuánto tiempo estarás y cada día que pasa es un día menos: estás un día más cerca de la libertad. Sin embargo, en el centro de detención no sabes cuánto vas a estar y cada día que pasa es un día más: otro día que se suma a tu condena”.
El día siguiente a su llegada, Shan fue enviado a uno de los 13 centros de detención para extranjeros que existen en Reino Unido previos a la deportación. Algunos los llevan compañías privadas, otros el Servicio de Prisiones, y la mayoría de los prisioneros de estas “cárceles de paso” son solicitantes de asilo que no han cometido ningún crimen. Pueden permanecer allí mientras su aplicación para permanecer en Inglaterra es procesada o ha sido rechazada; muchos son solicitantes de asilo, o dicha petición les ha sido denegado y esperan para ser expulsados a sus países. Los niveles de seguridad son similares a los de las prisiones. Según la Home Office, entre 210 y 260 prisioneros llevan más de un año en estos centros.
Sus defensores opinan que, sin la existencia de estos centros, los solicitantes de asilo e inmigrantes se esconderían en la comunidad cuando fueran liberados. Pero es cierto que hay muchas voces críticas. La ONG Detention Action opina que “la detención a inmigrantes es uno de los temas más graves en lo que atañe a libertades individuales en Reino Unido en la actualidad”. “Inglaterra es única en su forma de tratar la detención a inmigrantes”, explican. “Este país detiene más inmigrantes que ningún otro en Europa salvo Grecia. No hay ningún otro que detenga inmigrantes indefinidamente, sin límite de tiempo, sin juicio, a veces durante años. Inglaterra es el único país de Europa que retiene de forma rutinaria a inmigrantes en prisiones, una práctica considerada ilegal en el resto de Europa. Inglaterra es el único país que detiene solicitantes de asilo, simplemente por conveniencias administrativas en el proceso. Y, por último, Inglaterra tiene una cantidad sin precedentes de evidencias del mal trato hacia estos inmigrantes en el interior de los centros de detención.
Entre ellos se encuentran organismos muy controvertidos, como el Yarl´s Wood Immigration Removal Centre, entre cuyas paredes se denuncia que ha habido huelgas, suicidios, detenciones de niños y supuestos abusos sexuales, y a cuyas puertas cientos de personas han pedido su cierre.

El 53% de los detenidos son expulsados de Reino Unido, y la categoría más común de detenidos son los solicitantes de asilo

La red de voluntariado Avid explica: “Según la Home Office, la detención debe ser usada con moderación y durante el menor tiempo posible. En nuestra experiencia, la detención es la norma más que la excepción”. La misma fuente ofrece datos ilustrativos: alrededor de 30.000 personas son detenidas cada año; la categoría más común son los solicitantes de asilo, aunque algunos son recién llegados y otros han vivido de forma legal en el país durante muchos años; 99 niños fueron detenidos en el 2014 a pesar de que el Gobierno aseguró haber acabado con la detención infantil en 2011; los cinco países de origen más comunes son –por orden- Paquistán, India, Bangladés, Nigeria y Afganistán; la mayoría de la gente es detenida durante dos meses, aunque un centenar fueron detenidos más de un año; el 53% de los detenidos fueron, finalmente, expulsados de Reino Unido.

La primera imagen del centro de detención que Shan recuerda es la de un lugar muy oscuro y silencioso, aterrador. Era un día de frío y nieve. Le habían llevado en una furgoneta repleta de vigilancia sin darle demasiadas explicaciones, y se vio de pronto en aquella especie de cárcel. Cruzó varias puertas extra seguridad, le chequearon de nuevo; ya sólo tenía el Corán en sus manos. Chequearon su medicación. Allí, en la recepción, había una chica punjabi como él y una mujer africana, a quienes les contó todo lo sucedido. “Ellas no podían ayudarme pero al menos me escucharon”, dice. 
 “Quizá me tratan así porque soy musulmán”, recuerda haber pensado, “porque creen que soy un terrorista”. Se ilusionó con la idea de que quizá al ser año nuevo se apiadaran y le dejaran marchar. Sin embargo, apenas le felicitó nadie.
Después de nuevos interrogatorios, chequeos y pruebas médicas, Shan fue llevado a una habitación del centro. Dentro había un hombre de Paquistán; había estado viviendo en Reino Unido con asilo político, pero le pillaron en una redada e iba a ser deportado. Charlaron, se conocieron compartiendo aquel minúsculo espacio. En la celda sin ventanas abrían un poco la puerta sólo para la comida y la cerraban una vez que ésta había sido entregada. Aquella noche, después de cuatro días, Shan consiguió dormir.
El segundo día le dejaron salir a tomar aire, cinco minutos, con vigilancia. Todo seguía siendo oscuro y frío, y el lugar tenía cámaras y ventanas dobles. La mujer de la entrada le dio una lista con public solicitors. Varios días después, la aterradora escena de la furgoneta se repitió: le llevaron a un nuevo centro de detención.
El segundo centro era grande, con una mezquita y una gran cocina. Había “mucha gente de Paquistán, Bangladesh, Afganistán, Kenia, etc. Junté confianza para hablar con ellos”, dice. Todos ellos llevaban ya algún tiempo viviendo en Reino Unido y por alguna razón habían sido detenidos y esperaban la deportación; conoció gente que llevaba en el país anglosajón cuatro años, cinco, ocho… Todos estaban tranquilos, sabiendo lo que les esperaba, y todos se sorprendían de que él, recién llegado, con un visado y siendo estudiante, hubiera sido enviado allí. “Este país acoge muy bien a los estudiantes”, dijo alguno.

“Quizá me traten así porque soy musulmán, porque creen que soy un terrorista”, llegó a pensar Shan

En la mezquita conoció a un chico de Kashmir, una ciudad cercana a la suya. Estaba casado con una inglesa de origen paquistaní, de la que se había acabado separando por diferencia cultural: aún con origen paquistaní, seguía siendo una mujer inglesa, y él no aceptaba sus costumbres. Después del divorcio él seguía viviendo en Reino Unido, hasta que su mujer le denunció a inmigración y le cogieron. Ahora le mandaban de vuelta a Paquistán. Shan también conoció a un hombre de su misma ciudad de unos setenta años, que le enseñó un conjuro con el Corán que le haría salir libre. Él había sido descubierto con un pasaporte falso. Se las había apañado para vivir “ilegalmente” desde hacía muchos años en Reino Unido. En su día pagó 5.000 libras por el pasaporte, pasó la frontera, se casó y tuvo hijos. Finalmente decidió ir a Canadá a establecerse. Le pillaron en el aeropuerto cuando mostró el pasaporte.
El chico de Kashmir le mostró el centro. Comieron juntos, le llevó a cortarse el pelo, a conseguir algo de ropa. No paraba de repetirle que no le deportarían, que le dejarían libre tarde o temprano, que teniendo un visado debía estar tranquilo. En el centro, a Shan comenzaron a llamarle nika, que significa “niño”.
Una tarde tuvo lugar el recuerdo más oscuro: un chico de Asia del Sur subió al tejado, enloquecido. Consiguió anunciar que iba a suicidarse antes de que los guardias lograran atraparlo y llevárselo.

Una de las principales víctimas de esta forma de custodia es la salud mental de los prisioneros. El grupo Women for Refugee Women explican en un estudio las experiencias de las mujeres en la detención, muchas de las cuales son supervivientes de violaciones y torturas: la detención, explican, sólo incrementa su trauma, mientras que una de cada cinco mujeres con las que han hablado han intentado suicidarse en custodia. Avid añade que estar detenido sin límite de tiempo causa “ansiedad y sufrimiento” y “el impacto psicológico de ser retenidos es absolutamente dañino” y puede causar “serios problemas mentales”.
La página No Deportations hace un triste recuento de los intentos de suicidio que han tenido lugar en cautiverio por parte de inmigrantes o solicitantes de asilo desde 2007 en el país (que llega a los 2.293); calcula que en 2015 hubo una media de un intento de suicidio por día. La lista de fallecimientos en prisión revela muchas muertes voluntarias:
“Thomas Kirungui, ugandés de 30 años, al que le fue denegado el asilo y esperaba a la deportación”.
“Tahir Mehmood, Pakistaní de 43 años. No quería dejar el centro porque temía la tortura policial y la detención en Pakistán, pero no fue escuchado”.
“Mikhail Bognarchuk, solicitante de asilo ucraniano encontrado ahorcado en su celda”.
“Robertas Grabys, lituanés, encontrado ahorcado el mismo día que iba a ser deportado”.
Una muestra de la desesperación a la que se ve sometido alguien que viene buscando asilo y es recibido con la cárcel.
El apoyo exterior es importante para contrarrestar los terribles efectos psicológicos de la incertidumbre del encierro. Right to Remain, realizan voluntariados para ir a visitar a los detenidos. En la página de Gatwich Detainees Welfare Group recogen la declaración de un ex-detenido:
“Es muy importante que los detenidos tengan visitantes, dado que el ambiente no es agradable en absoluto. Te sientes muy solo y deprimido. La vida bajo detención es incierta porque no sabes qué va a pasar contigo. Hay mucha gente enferma y deprimida en el centro y sin la ayuda sería muy difícil seguir con la vida allí”.

“Muchas de las mujeres prisioneras son víctimas de violaciones y torturas. La detención sólo incrementa su trauma”

A través de la única llamada de cinco minutos al día que le permitían en el centro, Shan consiguió por fin contactar con su familia de Pakistán. Así, su hermano buscó un abogado, al que la familia tuvo que pagar 2.000 libras: una nueva carga económica que añadió más presión aún a su situación. Shan nunca le conoció pero habló muchas veces con él: él le hizo muchas preguntas sobre todo lo que había sucedido, lo que había o no firmado. El 7 de enero le pusieron a él y al chico de Kashmir en habitaciones separadas porque su deportación estaba preparada para el día siguiente. Esa noche, Shan no durmió. Su mente ya no podía confiar en nadie: estaba convencido de que el abogado huiría con el dinero. Mientras, el chico de Kashmir seguía dándole ánimos, repitiéndole que a él no le iban a deportar. “Tú te quedarás”, le dijo, y le pidió: “no me olvides”. Aunque intercambiaron contactos, y Shan le escribió tiempo después, jamás volvió a saber de él.
A las tres estaban preparados para ir al aeropuerto cuando, por fin, el abogado contestó a la llamada. Se excusó, que tenía que haber habido algún error, que iba a arreglarlo… Contactó rápidamente con los responsables del centro de detención. “Inmigración tenía que escuchar a mi abogado; él conocía las leyes y los derechos humanos”, explica Shan. El vuelo fue cancelado, en el último minuto.
Después de varias horas de incertidumbre, a las ocho de la mañana trajeron su equipaje y, después de una semana de encierro y de incertidumbre, le dejaron libre. Aún le hicieron las últimas preguntas: debía explicarles dónde iba a vivir, darles una dirección, etc. El chico de Kashmir le abrazó, le dijo, ya te lo dije, tienes un gran futuro en Inglaterra. Le dio algo de dinero para llamar a la familia.
Shan estaba feliz. Aunque se habían quedado su pasaporte y perdido el cargador de su móvil, se las apañó para llamar a la familia y contarles su liberación. Aún recuerda a su madre, mientras él hablaba con su hermano, cantando.
Desde ese día, a Shan le esperaba una nueva vida como ciudadano y trabajador británico, que no sería el camino de rosas que imaginaba desde su ciudad en Pakistán: trabajo duro, muchas veces cobrando menos del mínimo, y muchas horas, para reponer el dinero. Sin embargo, yo soy la primera en escuchar su experiencia en el centro de detención: nunca se la ha contado a nadie más que a su familia. Por “vergüenza, por todo el dinero gastado…”, reconoce.   
Después de seis años, Shan colabora ahora con colectivos como RASP (Refugee and Asylum Seekers Project), que realiza actividades para integrar a jóvenes refugiados e inmigrantes recién llegados y les ayuda a integrarse. Comparten el espacio común, charlan, juegan a juegos y, de vez en cuando, toca noche de cocina: cada uno reproduce los platos de aquel país que una vez dejó atrás de forma forzosa. Ahora, ha conseguido contar su viaje a alguien por primera vez, el que le trajo a Inglaterra, el que empezó hace seis años pero aún prosigue. A pesar de todas las dificultades, ha conseguido ser aceptado y aceptar a un país que un día le recibió como se recibe a un criminal.


(Una versión más corta de este artículo se ha publicado en el Periódico Diagonal)

Texto e ilustración: Diana Moreno
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